Veamos a Jesús, al que traspasaron, a su Sacratísimo Corazón. En esta meditación que ofrezco a quien me escuche, me viene a la memoria cuando Jesús era criticado porque comía con los pecadores, los fariseos murmuraban de Jesús y le criticaban porque comía con publicanos y pecadores. Jesús responde con tres parábolas: la de una mujer que pierde una chiquita moneda y la encuentra; la del padre bueno frente a su hijo pródigo, que vuelve; y la de un pastor que pierde a una de sus ovejas y sale a buscarla.

De esta forma responde Jesús a esos que no entendían nada de quién es Dios, aunque pensaban que lo sabían todo de Él. Les dice Dios es de esta forma, como me veis a mí; de esta forma soy yo, imagen del Padre: lleno de misericordia, siempre presto al perdón, Dios se alegra de los pecadores que vuelven, va en busca de ellos, sana a los enfermos, los corazones desgarrados, no se alegra en la condena, no quiere que perezca ninguno sino que vuelvan y vivan.

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En Cristo observamos la cara de Dios que es amor, quiere a los hombres: se sienta a la mesa amarga de los pecadores. En esa página del Evangelio de Lucas, de esa forma tan simple, Jesús con tres parábolas que mencionan a sí mismo, que comentan lo que es y lo que hace. Jesús nos enseña el misterio insondable de Dios, que es amor: en eso conocimos el cariño, en que Dios ha enviado su Hijo en carne al planeta, no para condenarlo sino para que tenga vida por Él. Su sacratísimo Corazón nos revela la inmensidad de ese inmenso amor misericordioso que es Dios mismo y nos distribución en su Hijo, de quien nada ni nadie va a poder apartarnos nunca.

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Cinco días luego de la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, sacramento de la caridad y la realidad de Dios, adoramos su Sagrado Corazón. En el lenguaje bíblico el “corazón” sugiere el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus pretensiones. En el Corazón de Cristo Redentor adoramos el cariño de Dios a la raza humana, su intención de salvación universal, su sin limites misericordia. Rendir culto como hacemos en esta fiesta, y deberíamos llevar a cabo día tras días, al sagrado Corazón de Jesús, significa adorar aquel Corazón de hombre con que nos amó Jesús, aquel Corazón que, luego de habernos amado hasta el radical, hasta el objetivo, fue traspasado por una lanza y, desde lo prominente de la cruz, derramó sangre y agua, fuente insaciable de vida novedosa y eterna.

Sólo de esta fuente insaciable de amor que es el Corazón de Jesús, tendremos la posibilidad de sacar la energía que se requiere para amar, para vivir y cumplir nuestra vocación al amor, para realizar nuestra misión. Requerimos contemplar y contemplar cuanto se entraña en el Corazón sacratísimo de Jesucristo para estudiar lo que es el cariño y lo que significa amar.

Requerimos beber de esta insaciable fuente de vida, de donde brota la Iglesia y sus sacramentos, para abrirnos de par en par al secreto de Dios y de su amor, dejarnos editar por Él. Requerimos reforzar en nuestra relación con el Corazón de Jesús para reavivar en nosotros la fe en el cariño salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en nuestra vida.

Debemos recurrir a esta fuente insondable del Corazón traspasado y abrasado de Cristo para lograr el verdadero conocimiento de Jesucristo y presenciar más intensamente su amor. De esta forma tendremos la posibilidad de abarcar mejor lo que significa comprender en Jesucristo el cariño de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada y nuestra seguridad en El, hasta vivir completamente de la vivencia de su amor, para poderlo testimoniar luego a los otros. Ahí está el misterio de la vida de la Iglesia y de todos los cristianos.

Como ha dicho San Juan Pablo II, “junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a comprender el sentido verdadero y exclusivo de su historia y de su destino, a abarcar el valor de una vida auténticamente cristiana, a evadir algunas perversiones del corazón humano, a juntar el cariño filial hacia Dios con el cariño al prójimo, de esta forma y ésta es la verídica reparación pedida por el Corazón del salvador, sobre las ruinas acumuladas por el odio y la crueldad, se va a poder crear la cultura del Corazón de Cristo”.

No es ésta una locura blanda y meliflua. La locura al Corazón sacratísimo de Jesús es una locura, una espiritualidad para almas fuertes, para corazones recios, que viven de la más vigorosa vivencia que puede darse: la de ser amado por Dios como observamos y palpamos en este Corazón traspasado, de ver todo como don de Dios, del que trata de vivir.

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El culto del amor de Dios manifestado y entregado en el Corazón de Jesús debe contribuir a acordarse incesantemente que Jesús cargó con el padecimiento de la pasión y de la cruz voluntariamente por nosotros, por mí y por ti. Cuando vivimos esta espiritualidad, cuando adoramos el Sagrado Corazón, cuando vivimos hondamente esta locura “no sólo reconocemos con gratitud el cariño de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de forma que nuestra vida quede cada vez más modelada por Él” (Benedicto XVI). El Corazón de Jesús es símbolo de su amor infinito, amor que nos impulsa a acoger su amor, y de esta forma amarnos los unos a los otros, y llevar a cabo de nuestra vida, una vida de amor, de distribución, de misericordia, de compasión, de perdón, de felicidad, de don. Pero todavía más, este amor del Corazón filial de Jesús que nos sugiere ir a entregarnos completamente a su amor salvífico “tiene como primera finalidad la relación con Dios. Por eso, este culto, destinado completamente al amor de Dios que se sacrifica por nosotros, reviste una consideración insustituible para nuestra fe y para nuestra vida en el cariño. Quien permite el cariño de Dios interiormente queda modelado por él.

El hombre vive la vivencia del amor de Dios como una llamada a la que debe responder. La mirada apuntada al Señor que tomó sobre sí nuestras flaquezas y cargó con nuestras patologías, nos asiste a prestar más atención al padecimiento y a las pretensiones de los otros. La contemplación, en la adoración, del costado traspasado por la lanza nos hace sensibles a la intención salvífica de Dios. Nos hace capaces de abandonarnos a su amor salvífico y misericordioso, y simultáneamente nos hace más fuerte en el deseo de formar parte en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus instrumentos” (Benedicto XVI). Esta es la verídica revolución: la del amor.

El Corazón de Jesús nos abre a la meta. Nos hace ser misioneros, todos y donde estemos. Para la evangelización de hoy es requisito que el Corazón de Cristo sea reconocido como el corazón de la Iglesia: es él quien llama a la transformación y a la reconciliación. Es él quien atrae los corazones puros y a los hambrientos de justicia hacia los caminos del amor que no son otros que los de las bienaventuranzas. Es él quien ejecuta la comunión ardiente de los integrantes del exclusivo Cuerpo. Es él quien facilita adherirse a la buena novedosa y acoger las promesas de la vida eterna. Es él quien envía en misión. El abandono en Jesús ensancha el corazón del hombre hacia las dimensiones de todo el mundo.

Requerimos abrirnos al Corazón de Cristo, fuente insaciable de donde brota la Iglesia, de donde mana la fuente, fuente de la felicidad, de los sacramentos, y vivir de esta forma de esta Iglesia, de sus sacramentos, de la felicidad. La locura al Sagrado Corazón nos lleva a la Iglesia, nos transporta a los sacramentos, nos transporta a la oración filial que con corazón de hijo se dirige al Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo. Esta locura nos transporta a vivir de la felicidad y del amor de Dios y caminar por las sendas de la santidad. Una vida de oración y de sacramentos es elemental y primordial para una actualización de la Iglesia y para tener vida en comunión con ella. Deberíamos actualizar incesantemente nuestra consagración al Corazón de Cristo, consagración que es don de sí para dejar que el cariño de Cristo nos ame, nos perdone y nos arrebate en su deseo ardiente de abrir a todos nuestros hermanos los caminos de la realidad y de la vida. Renovemos la consagración de las familias, de nuestras diócesis, de España entera al Sagrado Corazón de Jesús en los instantes tan cruciales que nos encontramos viviendo. Además en instantes cruciales se realizó esta consagración en otros instantes de nuestra historia, hace un siglo por el Rey Alfonso XIII, en otros instantes recientes, ¿por qué no la renovamos todos siempre, en este momento, que lo requerimos?

“Venid a mí, todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo les daré descanso. Llevad mi yugo sobre nosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es dulce y mi carga rápida. (Mt 11,28-30)

Coronado de espinas, coronado por la cruz y herido por una lanza, en memoria eterna del gesto más importante que Jesús logró por nosotros: sacrificar nuestra vida por la salvación de la raza humana. Al final, rodeados de llamas que simbolizan el ardor misericordioso que Cristo siente por los pecadores. De esta forma, la iconografía representa el Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta se festeja este viernes 19 de junio, en la Octava del Corpus Christi.

Los orígenes de la fiesta

Las huellas de la locura al Sagrado Corazón de Jesús ya están en la Edad Media, en el pensamiento de algunos místicos alemanes como Matilde de Magdeburgo, Matilde de Hackeborn y Gertruda de Helfta y el beato dominico Henry Suso. No obstante, este culto sólo floreció en el siglo XV por Santa Margarita Alacoque y San Juan Eudes, el primero al que el obispo de Rennes concedió festejar una fiesta en honor del Corazón de Jesús en su red social en 1672.

En 1765 Clemente XIII concedió a Polonia y a la Archicofradía Romana del Sagrado Corazón la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y fue en este siglo cuando se desarrolló un acalorado enfrentamiento. La Congregación de Ritos, de hecho, asegura que el objeto de este culto es el corazón de la carne de Jesús, símbolo de su amor, pero los jansenistas interpretan esto como un acto de idolatría. Sólo en 1856, con Pío IX, la solemnidad se extendió a la Iglesia universal y se insertó en el calendario litúrgico. Era una fiesta móvil fijada el viernes, el octavo día luego del Corpus Christi, seguido por el sábado que se dedica al Inmaculado Corazón de María.

Amor gratis

El P. Javier Rojas SJ. escribió una hermosa reflexión sobre esta fiesta. Transcribimos algunos fragmentos: En el corazón del ser humano hay amabilidad, hay deseo de Dios, aptitud de amar, y esa migaja de “locura” que hace al ser humano un individuo con la capacidad de llevar a cabo enormes cosas por los otros. No obstante, ¿qué nos pasa? ¿Por qué cuesta tanto a algunos cristianos escapar del propio “querer y sentir” y ver al que está tolerando cerca de el? ¿Cómo es viable que varios cristianos sigan suponiendo que continuar a Jesús es cumplir varias normas? ¿Dónde quedó el deseo profundo de imitar la forma de vivir de Jesús?

Cuando contemplamos el evangelio, observamos a Jesús que se aproxima al que sufre. Su amor es compasivo. Está disponible para acortar la brecha que hay entre la gente que sufren y la vida que Dios quiere para ellos.

Para Jesús el cariño es deber con la dignidad humana y no sólo expresiones. Su amor además es gratis. Está disponible para ofrecer su asistencia, dedica tiempo para estar con los que sufren, presta oídos para escuchar a los otros, y no teme quebrantar la ley en el momento que está en juego la dignidad humana.

Ángel Tejerina SJ. piensa acerca de la imagen del corazón y Jesús en nuestra Iglesia:

¡Corazón de Jesús y espiritualidad ignaciana. Lo que realmente une al corazón con la espiritualidad ignaciana es la conexión intrínseca que se otorga entre corazón y Ejercicios Espirituales, fuente y nervio de esa espiritualidad. Y el vínculo de unión entre los dos se halla en la Sagrada Escritura, materia sobre la que de forma exclusiva se ejercita todo orante ignaciano. No obstante, el vínculo entre Sagrada Escritura y corazón tal, que el corazón se transforma, según Sto. Tomás de Aquino, en clave privilegiada por no decir “la privilegiada”, para comprender la Escritura.

Reparemos en un texto muy poco mencionado y poco popular, pero muy iluminador del mismo santo: “por medio del corazón de Cristo se sabe la Sagrada Escritura, que manifiesta al corazón de Cristo”. Por consiguiente, si el corazón es medio favorecido para comprender la Escritura, lo es además para comprender y entrenar los Ejercicios, ya que la Sagrada Escritura manifiesta al Corazón y éste paralelamente es clave de sabiduría de la misma Escritura, materia primordial, exclusiva, de oración a lo largo de los 30 días del mes de ejercicios ignaciano.
En efecto, por poco que se interese el lector en la bibliografía sobre el corazón, se va a proporcionar cuenta de que el culto o locura al corazón radica ni más ni menos en el cariño de Jesucristo a los hombres simbolizado en su corazón –“corazón, que no significa simplemente y sin más, amor”, sino amor en relación “lo más íntimo de la verdad personal”, y de hecho “lo más íntimo de la vivencia del corazón del Señor”, un amor no oportunamente correspondido por hombres y mujeres, por otro lado”.

Alberto Hurtado y su relación con Corazón de Jesucristo en la iglesia de los Padres de los Sagrados Corazones

Alberto se encontraba próximo de recibirse de abogado, pero lo que más le interesaba no aparentaba por el momento tener satisfacción. Y rezaba con perseverancia. Alberto se postraba a rezar a lo largo de una hora extendida, tendido en el suelo, en oposición al Santísimo. Era el mes de junio consagrado al Corazón de Jesucristo, en el rigor del invierno, en la iglesia de los Padres de los Sagrados Corazones, a las diez de la noche, cuando nadie podía venir a presenciar ese mudo coloquio. Sólo el Padre Damián, su director espiritual, sentado, rezando el breviario, presenciaba la escena que se repetía noche a noche, a lo largo de todo el mes. Alberto pedía la felicidad de ingresar por fin a la Compañía. Y el cielo aparentaba mudo.

El día del Sagrado Corazón, el último viernes de junio llegó. Alberto oyó misa, comulgó y salió a sus ocupaciones. A las tres de la tarde, por un llamado telefónico, supo que todo se encontraba arreglado.

Un amigo había estado mirando los papeles del préstamo que había solicitado en el Banco Hipotecario el cliente del fundo de los Hurtado y descubría en ellos un vicio que dejaba un juicio de “lesión enorme”, porque los herederos eran jovenes chicos. Alberto estuvo vacilando en establecer el pleito que se le indicaba. El fundo fué vendido voluntariamente por su madre y ellos habían recibido el dinero. ¿Qué valor moral poseía la causa legal de nulidad de la venta por no haberse cumplido las solemnidades exigidas por ser inferiores de edad los herederos?
Desde el criterio jurídico la cuestión era clara, pero lo moral le aparentaba incierto. No obstante todos a quienes consultó le dijeron que nada inmoral podía haber en entrenar la acción que el Derecho le otorgaba. De esta forma, el cliente fue demandado y, al final, como su circunstancia no poseía defensa se llegó a una transferencia por una aceptable proporción de dinero. Su madre quedó en circunstancia más desahogada y Alberto quedó listo para entrar en la Compañía.

El 14 de agosto de 1923, sin recibir en lo personal su diploma, sólo dos días antes había dado su examen final frente la Corte Suprema, se encontraba ya en Chillán, porque pretendía garantizar que dos años después haría sus Votos perpetuos el día 15, fiesta de la Asunción de la Virgen María.

En el andén de la Estación Central su madre había llorado bastante. Sus amigos habían decidido acompañarlo hasta la localidad de San Bernardo. Desde ahí él había seguido solo y comenzaría un nuevo sendero.