Palmadas en pequeños

¿Es posible enseñar a un pequeño sin recurrir a las palmadas? ¿Es el castigo físico una estrategia eficiente?

Ah, Palmadas en pequeños, esa «estrategia pedagógica» tan evocada por progenitores, abuelos, familiares, profesores, psicólogos, pediatras y otras profesiones cuando el tema de la educación del pequeño sale a la luz.

Muchas generaciones fueron educadas sobre la base de las palmadas y muchas de las personas que formaron una parte de esas generaciones afirman que «fue lo mejor que les pasó», por el hecho de que aprendieron sobre lo que es tener respeto, conocer límites y, a propósito, conocer de primera mano el dolor físico…

En los años ochenta era común, tanto en casa como en la escuela, como en cualquier sitio, la pedagogía de las palmadas y las bofetadas.

Ese instante en el que tendíamos la mano, adelantábamos el dolor que venía, aguardando prácticamente con los ojos cerrados ese medio segundo que parecía una eternidad entre la preparación y la palmada propiamente dicha, seguramente, es conocida por muchos.

En el fondo éramos castigados físicamente por algo que hicimos (mal), que empezó en la psique y acabó en el comportamiento manifestado.

Y eso, actualmente, sabemos que no tiene mucho sentido cuando mencionamos la Pedagogía.

Palmadas en pequeños, ¿sí o no?

Creo que esta estrategia puede haber tenido algún efecto en determinados comportamientos en los pequeños que estaban sometidos a esta clase de agresión. No obstante, asimismo creo que ha traído a la mayoría de los pequeños a los que se han producido este género de castigos más que pedagogía o bien educación propiamente dicha.

Así, ni regadas, ni palmadas, ni abofeteadas, ni ningún género de castigo físico debe producirse al pequeño por una justificación muy simple: si lo que ha hecho mal ha sido consecuencia de su argumento y del proceso cognitivo inherente, ha de ser reprimida, educada y guiada por exactamente la misma vía.

Los pequeños de manera frecuente se manifiestan de forma indirecta

Un mal comportamiento en la escuela puede apuntar falta de motivación, falta de cariño, falta de autoestima o bien aun la carencia de un amigo que se ha ido de la ciudad y que ahora no puede compartir sus juegos con él.

Los pequeños se manifiestan de esta forma pues, por una parte, son considerablemente más genuinos que los adultos y, por otro, el lenguaje (como otras muchas funciones) prosigue desarrollándose.

¿Cuántas veces de pequeños nos confundimos solo para llamar la atención de nuestros progenitores, o bien pues sencillamente trajimos a casa inconvenientes que tuvimos ese día en la escuela?

¿Cuántos de nosotros en adultos no hacemos lo mismo?

¡Entender el porqué del comportamiento y actuar sobre ello es considerablemente más eficiente que ver la cuestión desde el punto de vista superficial y recurrir a la pedagogía de la palmada!

No puedo pasar por alto a las generaciones de progenitores que a lo largo de siglos han empleado las palmadas como pedagogía para instruir a las generaciones futuras. Por otro lado, en aquel momento la información circulaba con mucha menos velocidad y calidad. Muy frecuentemente estas estrategias pasaban más de generación en generación que por especialistas o bien por la ciencia.

Creo que ningún padre (que sea digno de ese nombre) ve en los pequeños una suerte de «saco de boxeo» que solo aprende de exactamente las mismas estrategias que mismo fue blanco cuando era pequeño.

No obstante, este vacío que se ha creado debe llenarse y no ser interpretado sencillamente por los progenitores y otros cuidadores como una ligereza en la educación.

Hay que invertir en la propia educación de los educadores, para capacitarlos de estrategias eficientes que no induzcan a los pequeños a padecer traumas, mas que al tiempo den una educación sana, justa y, sobre todo, firme que tanto precisan el día de hoy.

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